Cerca de Haifa y a escasos metros del alambrado de seguridad que separa Israel de Cisjordania, el pedagogo árabe israelí Said Arda dirige un exitoso programa de coexistencia pacífica entre la aldea árabe Meiser y el kibutz Metzer
MEISER, ISRAEL .- Said Arda rompe el molde del estereotipo que desde
Occidente se tiene de los árabes. Con 45 años, casado con una alemana cristiana
con la que tienen 4 hijos, este confeso elector de Ehud Olmert viste como un
occidental y dirige el Departamento de Educación no Formal de la Municipalidad
Regional Menashé, la única en Israel donde las relaciones entre árabes y judíos
están definidas como perfectas. Said Arda es también licenciado en Asistencia
Social, por la Universidad Hebrea de Jerusalén, y codirector (por parte de la
aldea árabe donde vive, Meiser) del´Proyecto de Coexistencia Pacífica entre
Meiser y el kibutz Metzer, donde árabes y judíos demuestran al mundo -pero,
fundamentalmente, a la región violenta donde habitan- que la paz y la
convivencia son posibles. Incluso en medio de este infierno desatado al que
nadie, por ahora, parece querer, o poder, ponerle fin.
"Este proyecto
tuvo su origen en una catástrofe -cuenta Arda-. El 10 de noviembre de 2002, un
terrorista se infiltró en el kibutz Metzer (fundado en 1953 por argentinos
alineados con las ideas socialistas del movimiento Hashomer Hatzair) y asesinó a
mansalva a cinco personas (entre ellas a dos niños de 4 y 5 años). El terrorista
sabía dónde atacaba porque el clima de convivencia entre Meiser y Metzer ya era
conocido en todo Israel. Quisieron arruinar nuestra convivencia y demostrar que
árabes y judíos no pueden vivir en paz. Pero no lo lograron", afirma Arda con
algún tono de satisfacción en sus palabras.
Said nos invita a LA NACION
a pasar a su casa donde aún cuelgan, al frente, las banderas de Brasil y
Alemania, las dos selecciones preferidas por los árabes israelíes durane el
último Mundial de fútbol.
-¿Lo hubieran recibido al terrorista en
su aldea?
-No, definitivamente no, creo que él lo sabía y por
eso ni siquiera intentó cruzar hasta aquí. Cuando escuchamos los tiros nos
encerramos en nuestras casas porque entendíamos que algo malo estaba pasando en
el kibutz. Al rato de sucedida la tragedia, recibí una llamada de una amiga de
Metzer que me preguntaba si en Meiser estábamos bien. ¡Ellos sufrieron el
atentado y preguntaban si nosotros estábamos bien! Casi toda nuestra aldea
estuvo en los funerales. Nuestro Proyecto de Coexistencia Pacífica no va a
cambiar la situación general, pero mostramos una alternativa diferente y posible
que, paradójicamente, se fortaleció con la tragedia.
"¿Qué cree que soy
yo?", pregunta tomando el lugar del entrevistador, frente a una taza de un café
preparado al mejor estilo árabe.
- No sé, vine sin prejuicios.
-Como buen educador me gusta responder con preguntas. Cuando
alguien me pregunta cómo soy, respondo con una pregunta: "¿Vos, cómo crees que
soy?". Yo me defino como palestino israelí, y también israelí palestino. También
soy árabe y soy musulmán. Desde el momento en que Israel se definió como un
Estado judío, declaró que los árabes no le pertenecen ciento por ciento, y eso
forma parte del sentimiento personal de los árabes israelíes: no nos sentimos
plenamente identificados con Israel.
- ¿Y se siente cómodo con esa
definición?
-No, pero es verdadera. Es mucho más fácil cuando
una persona dispone de una sola identidad y no tiene que estar haciendo
equilibrio todo el tiempo. Hay muchísimas causas por las que me considero
palestino, y muchísimas otras por las que me considero israelí.
-
¿Podría definir algunas?
-Seguro. Yo nací de padres
palestinos que nacieron en los años veinte del siglo veinte, cuando acá no
existía el Estado de Israel. Ellos nacieron en Palestina, en Meiser, antes de
1948 (año de la creación del Estado de Israel). Si usted nació de padres
argentinos, es argentino; yo nací de padres palestinos, por eso soy palestino.
- ¿Por qué se considera israelí entonces?
-Porque
nací en los años 60, cuando Israel ya existía. Estudié aquí, me capacité dentro
de la sociedad israelí, y ni siquiera se me ocurre abandonar este país porque
pertenezco aquí. Esta es mi parte israelí.
-Cuando hubo situaciones
conflictivas como las intifadas, ¿cómo funcionaron esa parte palestina y esa
otra israelí?
-Mi corazón tiene una profunda identificación con el
lado palestino porque es mi pueblo. Sin embargo, yo vivo en un Estado que
mantiene un conflicto continuo con mi pueblo y mantengo relaciones con esa gente
en Israel porque son mis amigos y los quiero. Este es el juego permanente. En
términos generales apoyo la lucha del pueblo palestino, pero, por otro lado, no
quiero que el Estado de Israel sea exterminado.
-¿Sintió alguna
discriminación en Israel en algún momento? ¿Fue eso lo que lo llevó a avanzar en
el Proyecto de Coexistencia Pacífica con el kibutz Metzer?
-
No, nunca me sentí discriminado. Pero sé que eso existe, si no es conmigo es
con alguien a mi alrededor. Se percibe en las cosas más simples. Si voy con un
judío a buscar trabajo, por ejemplo, van a elegir automáticamente al judío. Pero
a mi no me tocó, ni siquiera de niño.
--Cuando se produjeron
conflictos bélicos como la Guerra de los seis días, en 1967, o la Yom Kippur, en
1973, ¿cómo recuerda que le tocó afrontar esas situaciones desde la mirada de un
niño árabe israelí?
- En el 67 no entendía lo que estaba
pasando, yo sabía que me tenía que esconder. Mi papá cavó una zanja en la que
nos escondíamos cuando había guerra, pero no entendía que era un tema vinculado
a un problema entre árabes y judíos. En el 73 yo sentía, y sabía, que todo mi
entorno quería que los árabes ganaran la guerra porque había que liberar los
territorios conquistados en el 67.
-¿Y su sentimiento cómo se
expresaba?
-Yo quería que los árabes ganasen porque me parecía
importante que recuperaran el orgullo perdido en la Guerra de los seis días y,
sobre ese equilibrio del orgullo recuperado, tratar de arreglar la situación.
Otra vez el equilibrio permanente, ¿no? Nunca deseé la destrucción de Israel,
sólo pensaba que sería bueno, en el 73, que los árabes ganaran la guerra.
Como hermanos
La aldea Meiser y el kibutz Metzer están
separados por un camino y un tupido campo de algodón. Son casi un pueblo único y
chico pero separado, desde aquel atentado de 2002, por un alambrado que trata de
preservar la seguridad del kibutz. El lugar -con edificaciones de piedra
tradicional amarilla- podría compararse con un pequeño paraje del norte
argentino.
En el centro del poblado está lo que Said denomina
risueñamente el "central park": una prolija y florida plazoleta de no más de 5 o
6 metros de diámetro frente a la mezquita y el centro de salud de la aldea,
donde todos lo saludan a él y también a Alberto Mazor, nuestro guía, un judío
israelí de origen argentino, habitante del kibutz, y coequiper de Said en el
Proyecto de Coexistencia Pacífica.
Mientras Said exhibe orgulloso la
mezquita y afirma que "con Alberto somos como hermanos", una pequeña nube de
chicos nos rodea y pasa raudamente hacia la cancha de fútbol donde el mundo se
reduce a la pasión por la pelota, como en cualquier ciudad del planeta, lejos de
los conflictos armados por los adultos.
-¿Qué siente cuando escucha
que hubo un atentado en un mercado?
-Definitivamente, es un
obstáculo que empeora la situación. La violencia no soluciona ninguno de los
problemas de la región. En la guerra del Líbano, del 82, veía cómo se contaban
los cuerpos de los soldados israelíes muertos y pensaba que el soldado no tiene
la culpa de estar allá combatiendo. Puedo entender las causas por las cuales se
producen atentados en Israel, pero de ninguna manera las acepto. No estoy en
contra de la lucha de los palestinos contra los israelíes porque pelean por su
libertad, pero la actual guerra es definitivamente detestable.
-¿El
pueblo palestino podría luchar de otro modo para lograr su propio Estado?
-La obligación primordial la tienen los fuertes, y en este caso es
Israel. Eso de que uno mata acá y otro mata allá no arregla nada. Pero el fuerte
es el que debe tomar la iniciativa de distensión.
-¿Qué significó
Arafat para usted?
-Lo valoré mucho como líder palestino. Creo
que si Israel le hubiera dado el respeto que se merecía ya tendríamos paz. Desde
el momento en que Israel dejó de respetarlo, las negociaciones estuvieron
destinadas al fracaso. Algunos israelíes no entienden que el idioma de la fuerza
no consigue nada.
-¿Y los palestinos lo entienden?
-No, tampoco. Cuando se ofende al símbolo de un pueblo, no
existen chances para sentarse a dialogar porque hay un obstáculo previo que
impide abordar el verdadero problema.
- ¿Cómo vive este cuadro de
guerra renovada?
-No es la primera vez que me toca vivir una
situación bélica, entre árabes y judíos, en la que el frente está en la
retaguardia. Ya nos pasó con la primera guerra del Golfo cuando, igual que
ahora, los cohetes no diferencian entre árabes y judíos o entre culpables e
inocentes. Esta es la verdadera barbaridad de la guerra. Mi sentimiento sigue
siendo ambivalente: siento pena y dolor por todas las víctimas inocentes y por
los damnificados tanto del Líbano como de Gaza o Israel. Allá y aquí, millares
debieron abandonar sus hogares y sus bienes sin saber si los recuperarán a causa
de los bombardeos. Esto es muy penoso y no contribuye a solucionar nada; sólo
empeora el problema.
- ¿Siente a los tres soldados israelíes
secuestrados como propios?
-Siento lástima por su sufrimiento y el
de sus familias; pero no es un sentimiento especial o diferente de la pena que
siento hacia cualquier otro preso político en Israel. Si el sentido de la
pregunta es si ellos me representan: no, de ninguna forma. Si pudiera
preguntarles si estaban allí, donde fueron capturados, para defenderme o
defender a mi familia o a mi aldea, difícilmente hubiera obtenido una respuesta
afirmativa. Creo que ni siquiera entenderían la pregunta.
- ¿Ha
debido modificar su vida a partir del agravamiento de la violencia?
-De ninguna manera. La coexistencia pacífica, de igual a igual,
entre gente de pueblos diferentes es la única solución posible al problema; si
eso lo entendieran todos los dirigentes políticos y religiosos, hace rato que
viviríamos en paz. Ahora mismo dirijo la Colonia de Vacaciones Menashé para la
Paz para niños árabes y judíos de las poblaciones vecinas, organizada por la
Municipalidad Regional Menashé, a la cual hemos traído también a niños de
poblaciones árabes y judías que están siendo bombardeadas en este instante. Como
educador afirmo que cuando los niños -todos los niños- sonríen y se sienten
amparados, entonces dimos un paso más hacia la paz. Y yo trabajo para eso.
- ¿Siente que la condición árabe israelí le permitiría a usted o a
otra persona mediar en esta guerra?
-Suena un poco ambicioso, ¿no?
La gran mayoría de la población de Israel, tanto judía como árabe, no influye
directamente en las soluciones del conflicto. Puedo decir lo que pienso, y tal
vez influir mínimamente a través de mis actos, pero ningún dirigente vendrá a mi
aldea a preguntarnos qué opinamos.
Por Guillermo Lipis